Negociaciones salariales: cuestionamiento obrero a la política económica

"MES: JUNIO"

DURANTE MAYO, SEGÚN LO HABÍAMOS ACORDADO DESDE DICIEMBRE del año anterior, se llevaron a cabo las negociaciones para fijar el monto del segundo aumento al salario mínimo del año.

Estas negociaciones fueron mucho menos agresivas que las de 1983, pues las centrales obreras no amenazaron con movilizaciones populares como forma de presión. Su petición de aumento era de 40% y, sin embargo, aceptaron el 5 de junio la propuesta oficial de 20.2% de incremento, a cambio del compromiso gubernamental de que, en lo que restara de 1984, bajarían las tarifas telefónicas y se suspendería la elevación progresiva del precio del gas doméstico y de la energía eléctrica.

Se determinó que el aumento sólo fuera de 20.2% para defender la estrategia de empleo, aun a costa del deterioro salarial, pues sabíamos que con dicho porcentaje seguiría cayendo el poder adquisitivo del salario y, con él, el de la demanda. Sin embargo, se consideró que un aumento salarial modesto era la única forma de mantener la expectativa de control y disminución de la inflación. De haber aumentado más los salarios, hubiese cundido la inseguridad entre la iniciativa privada, dando lugar al aumento del pánico cambiario existente en esos días, lo que hubiese terminado por deteriorar la situación económica.

La negociación incluyó el estancamiento de ciertas tarifas de los servicios estatales, lo que contraría la política de elevación paulatina de las tarifas del sector público. Sin embargo, analizados los costos, la medida representaba para el Estado un sacrificio económico mucho menor que el de aumentar los sueldos.

Esta decisión se tomó a pesar de que estábamos conscientes de que nos haría más difícil reiniciar los aumentos a partir de enero. Desgraciadamente, la situación nos obliga a movernos por episodios. Aun así, tuvimos cuidado de que la negociación incluyera el alza a los precios de la tortilla y el pan que dimos a conocer el 6 de junio.

Curiosamente, Fidel Velázquez no estuvo en México cuando se realizó la negociación; parece que andaba en un congreso obrero en Yugoslavia, al que asiste cada año. Al regresar se inconformó con lo que habían aceptado sus representantes, y señaló que todo había sido un engaño de Farell. La situación llegó a tal extremo que Farell tuvo que mostrarle los documentos firmados por el presidente del Congreso del Trabajo.

Cerrado este recurso, don Fidel decidió preparar un "Documento de intenciones" que, según él, resumía propuestas para fortalecer el poder adquisitivo del salario. Así, el 14 de junio, los miembros del Congreso del Trabajo entregaron a Farell, para que me lo hiciera llegar, un documento que contenía, en términos descomedidos, un severo cuestionamiento a la política económica, particularmente en lo que toca a gasto público, política salarial y relaciones financieras con el exterior.

De hecho, el documento calcó las críticas del PSUM y culminó la advertencia al gobierno del peligro de que se afectara la concordia y la convivencia social en el país en caso de que no se actuara de inmediato conforme a su demanda en materia de precios, servicios públicos, producción y abasto de básicos, créditos al consumo, arrendamiento de vivienda, política fiscal y salarios.

Al leer el documento, decidí responder de inmediato, pues me pareció inaceptable que se hiciera, como forma de presión, una crítica global al manejo de la economía. Quise dejarles claro y de inmediato que "así no nos llevamos".

Por ello, al día siguiente, durante la inauguración del XXXI Congreso Nacional de la CROC, señalé con marcado énfasis que el gobierno de la República no aceptaba presiones ni iba a torcer el rumbo por maniobras que quizá en otros tiempos se hubiesen podido justificar. Añadí que no era el momento de flaquear ni de hacer transacciones que aparentemente nos hicieran más populares.

Esto no fue todo: pedí que se preguntara en forma directa a cada uno de los líderes que habían firmado ese documento, si de verdad estaban de acuerdo con lo que éste decía.

Las respuestas fueron inmediatas. El periodista Francisco Cárdenas Cruz, quien yo sospecho que tiene comunicación directa con Porfirio Camarena, dedicó su columna política durante dos semanas a tratar de magnificar el enfrentamiento entre el gobierno y los trabajadores. Respecto a mis afirmaciones en la CROC, su respuesta traslució lo que de hecho fue el sentimiento de don Fidel. Preguntó: "¿Por qué el Presidente tuvo que responderle tan súbita como rudamente al sector obrero que es, con mucho, el más golpeado por la crisis, al que más sacrificios le exigen, y que lo único que demanda son acciones gubernamentales inmediatas que eviten un mayor abatimiento en su nivel de vida y en el de las mayorías nacionales?".

Mientras la primera reacción en los cuarteles de la CTM fue de sorpresa, los líderes de las otras centrales retiraron su apoyo al documento en cuestión. Ello fue un sainete, pues resultó difícil para los líderes desdecirse de posiciones que habían firmado.

El 16 de junio el líder de la CROC, Alberto Juárez Blancas, retiró su apoyo al documento por considerar, "en atención a las palabras orientadoras del Presidente… que no son momentos para hacer demandas". Añadió que el documento engañaba a los obreros y a todo el pueblo de México.

Las declaraciones de Juárez Blancas iban cargadas de rencor contra don Fidel, por lo que aprovechó para señalar que el movimiento obrero se encontraba fragmentado desde hacía años, y que sería bueno discutir en un foro sobre quién lo estaba dividiendo, quién impulsaba pugnas, quién utilizaba membretes para vender intereses de los trabajadores y quién estaba contra la democracia. En escasas 24 horas, Juárez Blancas planteó la conveniencia de que la CROC se separara del Congreso del Trabajo, y luego se retractó.

Al día siguiente de las declaraciones de Juárez Blancas, el día 18, Fidel Velázquez amenazó con que el Congreso del Trabajo tendría que determinar su respuesta frente a los pronunciamientos de la CROC, pues consideró que la actitud de esta central debilitaba al movimiento obrero y le hacía el juego al sector empresarial.

Aprovechó don Fidel para hacerse el desentendido, cuando menos públicamente, de lo que yo había dicho, señalando que mis palabras en la asamblea de la CROC no podían referirse al movimiento obrero, al que yo había reconocido en muchas ocasiones como mi mejor aliado. Un día más tarde, don Fidel se referiría a la CROC como una organización servil y entreguista.

A la CROC siguió la Confederación Revolucionaria de Trabajadores. El día 18 su líder, Mario Suárez, desconoció y reprobó el "Documento de intenciones", señalando que "el hecho de haberlo firmado no implica que esté de acuerdo con él". Explicó que: "No analicé el documento; lo firmé no sé por qué, lo firmé por un acto de disciplina. La verdad es que llegué media hora después, cuando la reunión ya había terminado. Llegué tarde porque no tenía automóvil".

La torpeza política de Juárez Blancas y de Suárez contrasta con la destreza de Fidel Velázquez. En medio de las recriminaciones que se lanzaban las distintas centrales obreras, aseguró que la CTM representaba algo más que una alianza con el gobierno, como había afirmado Farell de la CROC. Dijo que la CTM representa al proletariado nacional y representa al decoro frente a otras instituciones, porque no es servil de nadie ni incondicional; es amiga de quienes tienen en sus manos los destinos del país y actúa como tal en la solución de los problemas nacionales sin mengua de su autonomía.

Por su parte, Juárez Blancas soltó en su oportunidad una frase que seguramente creyó que lo redimía: "No voy a pelear con Fidel. Si él dice que me rajé, él se ha rajado veinte mil veces".

La respuesta de las demás organizaciones del Congreso del Trabajo fue de censura, calificando la actitud de la CROC como claudicante. De cualquier forma, tuvo efecto el reproche que significó nuestro acercamiento a diversos líderes. Fidel Velázquez supo que estábamos investigando a las centrales obreras para conocer si había apoyo real al documento y según éstas se le fueron separando, temió quedarse solo.

Por ello, cuando en Guadalajara, el 19 de junio, encontré el ambiente adecuado para llamar a la concordia a los trabajadores de la CTM y de la CROC, invitándolos a reforzar la alianza del movimiento obrero con el Estado y a mantener y ampliar el diálogo respetuoso de concertación en las medidas que continuaran adoptándose para vencer la crisis, Fidel Velázquez bajó sus lanzas. Ese mismo día, aseveró estar de acuerdo con la tónica propuesta en Guadalajara, pues la alianza entre los obreros y el Estado debe fortalecerse para que la unidad del proletariado sea invulnerable.

El capítulo se cerró ya sin mayor problema con la respuesta escrita que di al "Documento de intenciones", explicando con detalle las medidas y esfuerzos que se han realizado para controlar la crisis y los logros que se han obtenido. Asimismo, descarté la necesidad de replantear la estrategia de desarrollo, y afirmé que se mantendría el rumbo fijado. Mi respuesta terminó con el anuncio de que el día 26 de junio, el gabinete económico se reuniría para comentar con los miembros del Congreso del Trabajo las acciones específicas que éstos solicitaban.

Sobra decir que esa reunión se realizó en el mejor de los ambientes, pues la línea del Congreso del Trabajo era, para esos momentos, de congratulación por la continuación del diálogo entre la clase trabajadora y el Estado.

Resulta interesante anotar que en una entrevista privada que tuve con don Fidel en esos días, éste me confesó que había sido errónea la forma en que se redactó el "Documento de intenciones". Me dijo que él no se había fijado en el proemio, que era el que contenía la crítica a la política económica del gobierno.

Además, me insistió en que nosotros también teníamos que entender que los líderes necesitan un margen de maniobra para criticar, para mover banderas. En el fondo lo que me quiso decir es que no fuéramos tan sentidos, que el documento no significaba nada de fondo. Ellos dicen que su apreciación de la política económica del gobierno es positiva, pero que el deterioro del poder adquisitivo del salario inquieta a la base obrera y que ellos tienen que argumentar a favor de la protección del salario.

Por otro lado, se quejan de que los empresarios no han cooperado con el gobierno en forma tan intensa como lo han hecho los trabajadores. En fin, toda su argumentación no fue más que una disculpa.

Hay que entender que el error del que habla don Fidel estuvo en su forma de "tantear" para ver hasta dónde podía llegar. Su actitud consiste en decir "al que no habla, Dios no lo oye". En el fondo, ellos mismos aceptan que estos episodios forman parte de un juego político. Están acostumbrados a que el gobierno deje pasar sus críticas y ataques, hasta que el desacuerdo acabe por sí mismo.

El caso es que yo no estoy dispuesto a permitir críticas globales a la política económica, pues ellas significan un enfrentamiento total. No me parece aceptable su forma de negociación, en la que hacen críticas agudas por un lado, y por el otro piden las perlas de la virgen. No estoy dispuesto a aceptar que lleguemos a un arreglo, para que luego lo desconozcan y vuelvan a los empujones.

Yo creo que la forma en que he reaccionado es útil. Quiero que ellos sepan, cuando menos, que el Presidente tiene la piel delicada, por lo que deben cuidarse de lo que dicen. Les he respondido con seriedad: hice que el gabinete económico se reuniera y les contestara por escrito y de manera amplia.

Espero que la manera en que he procedido los conduzca, poco a poco, a cambiar el tono y la estrategia de su forma de negociar; en fin, que ésta se modernice. Por el momento, sin embargo, sé que ellos están esperando el próximo round.

El diálogo real que este episodio significó no dejó un saldo negativo. Sin embargo, existen periodistas pendientes de la oportunidad para fomentar la turbulencia social. Magnificaron la discusión entre el movimiento obrero y el gobierno; hablaron de cisma en el PRI, y señalaron que Farell trataba de sabotear a los obreros organizados. Estos columnistas actúan, en parte, por iniciativa propia y, en parte, porque son voceros de aquello que los líderes no están dispuestos a decir directamente.

Existe aquí un fenómeno interesante. La figura de Fidel Velázquez no fue reivindicada por los grupos de izquierda, como abanderado de los intereses del proletariado, hasta 1978. Antes, lo catalogaban como el máximo exponente de los "charros", esto es, de los líderes vendidos a las autoridades. Este cambio se debió a que, en enero de aquel año, la CTM publicó un documento denominado "Unidad de la clase obrera para promover el cambio social, económico y político", en el que, con la ayuda de sus nuevos asesores, la CTM trascendía las meras demandas laborales para formular planteamientos económicos generales, a fin de "revertir los términos de acumulación del capital en favor del Estado y la clase trabajadora".

El documento, que significó la inserción del movimiento obrero en la discusión inaugurada por la reforma política, fue ratificado por el Congreso del Trabajo en junio de 1978. A partir de entonces, se inicia una serie de reuniones para definir el sector social y sus intereses. En ellas, el movimiento obrero fue haciendo planteamientos que incluían la nacionalización de la banca, de la industria farmacéutica y de la industria alimentaria. Esto hizo pensar o desear a ciertos grupos de izquierda que don Fidel estaba encabezando la lucha "proletaria" contra el Estado "burgués", lucha que, ya entonces, reconocían que la izquierda era incapaz de dar.

Por ello, han estado viendo en todas las acciones de don Fidel, que en realidad no son diferentes de las que realizaba antes de 1978, manifestaciones de la lucha de clases. Esta interpretación de los hechos beneficia a ambas partes. Al movimiento obrero, y particularmente a sus asesores, debe gustarle mucho esta nueva imagen épica de don Fidel, en tanto que a los miembros de la izquierda les per- mite sentirse más cerca de los grupos sociales reales. Por eso se estimulan y alimentan mutuamente.

En este contexto, periodistas como Cárdenas Cruz tienen eco cuando magnifican cualquier desavenencia entre los trabajadores organizados y el Estado, sobre todo si la ubican, aunque veladamente, en el ámbito de la lucha de clases. Eso los lleva, además, a adivinar rupturas en cualquier intercambio.

No hay tal ruptura, lo que hay es evolución. Los acontecimientos de mayo y junio sólo fueron manifestaciones de situaciones ya existentes. Pusieron en evidencia las crecientes fisuras del movimiento obrero organizado, que en realidad dista mucho de tener el carácter monolítico que algunos le asignan.

Analizando la composición real del movimiento obrero a partir de la cúpula, debe recordarse que el Congreso del Trabajo fue propiciado por el gobierno en 1966, a fin de coagular las fuerzas del movimiento obrero. A partir de 1968, y dado que en el conflicto político de ese año el movimiento obrero actuó como aliado del Estado, éste le ayudó a construir sus oficinas, como recientemente lo hizo con la CTM. El edificio de esta central se inició en el régimen de José López Portillo y a mí todavía me tocó pagar una parte de la obra.

El Congreso del Trabajo se creó como un foro en el que pudieran concurrir las diversas centrales a fin de unificar sus posiciones sindicales y, a partir de ello, dialogar con el gobierno. Sin embargo, Fidel Velázquez ha venido actuando como si el Congreso del Trabajo fuera su propiedad privada. Lo maneja como cree conveniente, sin preocuparse mucho por la opinión de los demás líderes obreros.

Tal situación ha desembocado en que Alberto Juárez Blancas de la CROC, Antonio J. Hernández de la CROM, Mario Suárez de la CRT y Ángel Olivo Solís de la COR, tengan un pique personal contra don Fidel. Cada uno de ellos se ha acercado al gobierno para manifestarle su descontento con la forma en actúa Fidel Velázquez. Se quejan de que el Congreso del Trabajo es manejado por Ramiro Ruiz Madero, su oficial mayor, quien es un personero de don Fidel. Él es el encargado de convocar a las juntas y de hacer los documentos.

La queja de los líderes descontentos termina en una reclamación al gobierno: "Tú tienes la culpa, tú has dejado a Fidel Velázquez actuar como vocero de todo el movimiento obrero y lo favoreces con los contratos colectivos del gobierno. A ello se debe que se haya vuelto vanidoso; lo has crecido demasiado". Ahora nos piden que busquemos un equilibrio.

Pero además de los conflictos que pueda haber en el seno del Congreso del Trabajo, conviene también hacer notar las divisiones internas de la CTM. Por un lado, están los líderes de los sindicatos nacionales de empresa o de rama industrial, como los petroleros, los petroquímicos, los electricistas, los ferrocarrileros, los azucareros, los mineros. Estos líderes tienen su propia fuerza y aspiran a un canal de comunicación directa con el gobierno. Por eso, aunque le demuestran gran respeto a don Fidel y le piden consejo con frecuencia, se reservan su autonomía.

Por otro lado, están las federaciones estatales. Allí, la historia se repite, pues en cada estado existe un líder que emula a Fidel Velázquez. Estos líderes estatales son muy fidelistas, pero los más fuertes mantienen su autonomía respecto a don Fidel.

Un buen ejemplo de ello fue lo ocurrido en Jalisco durante la gira de trabajo que mencioné páginas atrás. Antes de salir a ese estado, le pregunté al gobernador si, dada la circunstancia de enfrentamiento entre los líderes nacionales de la CTM y de la CROC, el ambiente era propicio para que yo realizara en Guadalajara un acto con los trabajadores. El gobernador me dijo que sí, pues tanto el líder de la CTM, Heliodoro Hernández Loza, como el de la CROC, Salvador Orozco Loreto, se encontraban en la mejor disposición.

Cuando llegué, encontré un gran acercamiento entre los líderes, quienes en sus discursos me manifestaron su plena lealtad y señalaron que en Jalisco no hay divisiones entre la CTM y la CROC, como tampoco las hay entre los trabajadores y el gobierno, o entre los trabajadores y los empresarios.

Así que me pusieron la oportunidad en bandeja y aproveché para hacer ese llamado a la unión entre los trabajadores. Sus discursos fueron realmente sorprendentes, porque ocurrieron justo a la mitad del pleito entre sus dirigentes nacionales.

Después de esta reunión con los trabajadores, que tuvo lugar el 19 de junio, hablé con el gobernador, quien me explicó que Hernández Loza se manifiesta muy amigo de don Fidel, pero no lo deja entrar al estado, y que lo mismo ocurre con Loreto, quien tampoco deja entrar a Jalisco a Juárez Blancas. Es muy interesante ver cómo la lealtad de estos líderes estatales también está ligada a la autonomía relativa que exigen de sus respectivos líderes nacionales.

La otra división existente en el seno de la CTM es la que se da entre los líderes representativos y los jóvenes asesores. Los líderes están molestos y celosos de los asesores, pues sienten que en ocasiones éstos los meten en problemas. Entre los líderes destacan Hernández Galicia, Rodríguez Alcaine y el mismo Gamboa Pascoe; entre los asesores están Porfirio Camarena, Ángel Aceves y Arturo Romo.

Así que las recientes negociaciones salariales dejan ver, una vez más, que el movimiento obrero no es monolítico ni cuenta con la disciplina que algunos le atribuyen.

 
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