Viaje a Canadá y Estados Unidos. Centroamérica y deuda latinoamericana

"MES: MAYO"

La coyuntura y el desarrollo de mi viaje a América Latina crearon la oportunidad para mi viaje a Canadá y Estados Unidos. Concretamente, el presidente Reagan me invitó a visitar su país cuando me habló por teléfono a Venezuela para felicitarme por la promoción que México organizó para evitar que Argentina faltara a sus compromisos financieros internacionales. Esto ocurrió el 6 de abril.

El viaje a América del Norte debe ser visto como parte de un proceso que se inició cuando decidí visitar Colombia, Brasil, Argentina, Venezuela y Panamá. El viaje fortaleció mi conciencia latinoamericana. La intensificación del conflicto centroamericano que resultó del minado de puertos nicaragüenses realizado por los "contras", el agravamiento de la situación financiera de los países deudores como consecuencia del alza en las tasas de interés norteamericanas y este viaje crearon un contexto particularmente sensible, en el que resultaba determinante mostrar consistencia entre lo dicho en América del Sur y lo que habría de expresar en Estados Unidos y en Canadá.

La destacada importancia que en nuestras relaciones exteriores tienen los Estados Unidos se explica si recordamos que compartimos con ellos una frontera de 3 000 kilómetros, en la que se registra diariamente el cruce de dos millones de personas; que con ese país sostenemos dos tercios de nuestro comercio exterior; que de él viene 80% de la inversión extranjera directa; que los bancos norteamericanos son acreedores de la mayor parte de nuestra deuda, y que la influencia cultural entre ambos países es sumamente intensa.

La importancia que para nosotros tiene Canadá estriba en que su potencialidad económica brinda la oportunidad de ampliar nuestro comercio exterior, así como en el apoyo que esa nación da a nuestra política exterior.

El viaje a Canadá se arregló a fin de dar la imagen de un recorrido continental, y se utilizó como preámbulo a mi visita a Estados Unidos. Se planteó como un viaje sin problemas, ya que existe simpatía natural entre los dos países y nuestras relaciones comerciales son buenas, aunque en los últimos dos años el intercambio ha disminuido de 1 000 a 500 millones de dólares.

El viaje a los Estados Unidos, en cambio, requirió ser pensado y planeado con todo cuidado, pues el ambiente en que se realizara afectaría el proceso de todas las negociaciones que sostenemos con ese país.

La construcción de un ambiente adecuado resultaba difícil, pues aparte de los múltiples asuntos bilaterales concretos, tales como los problemas de migración, de comercio o de financiamiento, yo deseaba tratar, con el vigor que en mi opinión exigía, el problema de la deuda latinoamericana. Sabía, por otro lado, que el presidente Reagan daría gran importancia al tema centroamericano. Mantener una postura firme y digna, pero sin caer en la agresividad, era mi meta. En principio, había que evitar que nuestra disidencia sobre el conflicto centroamericano impidiera el desarrollo de un clima de cordialidad.

Con la decisión de hablar con franqueza y claridad, partí a Canadá el día 6 de mayo por la tarde. En mi primer discurso traté el tema del armamentismo. Lo hice porque México y Canadá siempre han compartido una posición crítica ante este problema real y, sobre todo, porque me permitía orientar desde otro ángulo mi crítica a la política de gasto norteamericana. No cabe duda que los Estados Unidos han tenido que incurrir en un enorme déficit fiscal para sostener el costo de un armamentismo creciente, lo que afecta las tasas de interés bancarias, que a su vez repercuten sobre los países deudores.

El armamentismo es un tema central en la política norteamericana y un área muy sensible desde que, en noviembre pasado, la URSS suspendió indefinidamente las conversaciones sobre la limitación de proyectiles nucleares. Por lo mismo, había que subrayar que, además del peligro de una guerra generalizada, el armamentismo norteamericano obstaculiza la recuperación económica de América Latina. Enfaticé que cada día la crisis consume expectativas vitales en los pueblos en desarrollo, por lo que era urgente eliminar los obstáculos a la negociación económica internacional. De esta forma relacioné temas, haciendo mis intervenciones congruentes con lo expresado en América del Sur.

En Canadá expresé con fuerza mi preocupación por la situación económica latinoamericana. Me llevó a ello la tendencia al alza en las tasas de interés internacionales, que en los últimos dos meses habían registrado tres cambios que sumaron punto y medio, así como la angustia que al respecto percibí en los países latinoamericanos que visité.

Lo que hice fue señalar que el costo del servicio de la deuda se había convertido en un problema crítico para los países latinoamericanos, y que su solución no se hallaba sólo en medidas financieras, sino también en medidas comerciales que nos permitieran regenerar nuestra capacidad de pago.

Por otro lado, mi tratamiento del problema centroamericano sorprendió a muchos, pues externé las dudas que al respecto abrigaba. Hablé de la falta de voluntad política de las partes involucradas y mencioné directamente a Washington y a Managua. Sepúlveda, por su parte, se mostró pesimista sobre las perspectivas inmediatas de paz en el área y señaló que, en su opinión, no tenía sentido que Contadora continuara negociando sobre conceptos abstractos.

Cuando hablé con Trudeau sobre el tema, me manifestó su gran preocupación al respecto, que por cierto es real, como lo demuestra el hecho de que Canadá haya aumentado su ayuda económica a Centroamérica. Yo, por mi parte, di mi punto de vista. Le dije que lo que ocurría en Centroamérica era importante para ellos, pues indiscutiblemente repercutiría en el desarrollo del Caribe, donde se encuentran las antiguas colonias inglesas, en las que ellos tienen responsabilidad y ascendiente. El aumento de la influencia de Estados Unidos en Centroamérica significa, en el corto plazo, un aumento de la influencia de ese país sobre el área del Caribe, en detrimento de la de los demás.

Trudeau se mostró muy pesimista respecto al futuro, tal vez porque dejaba el poder en menos de un mes. De cualquier forma, sostuvo que, en su opinión, no habrá cambio en la política exterior de Reagan, la cual seguirá siendo dura y anticomunista, porque le está dando una imagen de eficiencia y fortaleza ante la opinión pública norteamericana. Reagan busca su reelección y continuará por el camino que a su juicio lo llevará al triunfo.

Ello hace imposible, según Trudeau, influir sobre la política norteamericana en Centroamérica, e impide que se reinicien las pláticas sobre desarme o que se dé la posibilidad de un diálogo Norte-Sur en el terreno económico.

Trudeau piensa que sólo después de las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre próximo, en las que seguramente ganará Reagan, podrá éste reconsiderar su política exterior. Aun esto dependerá del resultado de su campaña y de la votación. Es claro que esta opinión parte del supuesto de que el gobierno norteamericano sólo modifica sus posturas como resultado de una presión interna y nunca como respuesta ante una presión internacional.

Mi gira a Canadá terminó el 8 de mayo y el 14 de ese mismo mes partí para Washington, donde permanecí hasta el día 17. Mi visita oficial a Estados Unidos transcurrió en un ambiente de tensión. Resultaba difícil saber qué manejo le pensaba dar el presidente Reagan, quien necesariamente supeditaba todas sus acciones al desarrollo de su campaña electoral.

Antes de partir, el Departamento de Estado nos había hecho saber que no consideraba conveniente que hubiera un comunicado conjunto, por lo que yo ya sabía que sólo iba a tener dos discursos de fondo: al recibir la bienvenida, que representaría mi único foro ante el Poder Ejecutivo, y el que había de pronunciar ante el Congreso. Lo demás serían brindis de carácter social. También habíamos acordado, antes del viaje, que todos los discursos utilizarían un lenguaje moderado.

Por ello me sorprendió que en medio de la ceremonia de bienvenida, en la que se cuidó mucho la forma y se logró una escenificación espectacular en la que los soldados suben y bajan banderas o caminan mientras toca la banda, el presidente Reagan, que no pudo resistir la tentación, haya abordado en forma agresiva el tema centroamericano. Su argumento fue el de siempre: "Lo que complica la situación [centroamericana] y la hace aún más peligrosa es la intervención de una coalición totalitaria que ha socavado lo que habíamos esperado que fuera una revolución democrática. Estos totalitarios han estado echando gasolina en el incendio al mandar cantidades masivas de armamentos a Centroamérica y al alentar la tiranía y la agresión".

Lo grave fue que después añadió: "Los gobiernos responsables de este hemisferio no pueden darse el lujo de cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo", para finalmente amenazarnos al decir: "Como adversarios [Estados Unidos y México], nuestros horizontes serían limitados; como amigos… nos espera un universo de oportunidades".

Cuando Reagan terminó de leer su discurso me pregunté qué debía yo hacer.

Mi discurso tenía un lenguaje moderado, por lo que mientras subía al podio pensaba que tal vez sería necesario improvisar sobre la marcha para reforzar lo que llevaba escrito. Sin embargo, mientras lo fui leyendo me di cuenta de que mi discurso contenía con claridad nuestros puntos de vista.

Así, mientras Reagan utilizó un lenguaje innecesariamente duro, el mío fue diplomático. Hablé del derecho internacional, de la autodeterminación de los pueblos, de la no intervención, de la igualdad jurídica de los estados, de la solución pacífica de las controversias y de la cooperación internacional para el desarrollo. Sin embargo, a nadie habrá escapado que tras la jerga diplomática había una crítica de fondo a la política norteamericana en Centroamérica.

En el Departamento de Estado quedó la sensación de que el tono del discurso de Reagan había sido inadecuado, llegando al extremo de aclararnos que ellos no habían incluido determinados párrafos. De manera que fueron los asesores personales de Reagan, o el Presidente mismo, quienes los añadieron. En fin, tal parece que cuidaron mucho la forma de la ceremonia de bienvenida, pero no el fondo.

Por mi parte, en todo momento insistí en que Contadora es la única opción viable para resolver el conflicto centroamericano, pero aclaré también que su viabilidad es responsabilidad de todas las partes. Sin embargo, en mis intervenciones públicas di mayor peso al problema económico de Latinoamérica.

Tanto en mi discurso ante el Ejecutivo como en el que di ante el Congreso, enfaticé que el esfuerzo que el pueblo mexicano está realizando para superar su crisis económica requiere la comprensión y la cooperación en el campo del comercio y de las finanzas, a fin de evitar que las condiciones internacionales frustren la acción interna. Señalé que el punto crítico es el servicio de la deuda externa y el alto y creciente nivel de las tasas de interés. Reiteré el enfoque de que el costo del dinero es sólo un factor de corto plazo, por lo que la solución más amplia y de fondo es la regeneración de nuestra capacidad de pago mediante las exportaciones.

El momento de mayor fuerza incisiva de mis intervenciones públicas fue cuando ante el Congreso, pregunté: "¿Cómo explicarnos que a los países en desarrollo se nos exija reducir el gasto público, cuando otros hacen de un déficit creciente la palanca esencial de su recuperación? ¿Cómo aceptar que el aumento unilateral de las tasas de interés haga nugatorio un severo esfuerzo de ajuste económico con abatimiento del bienestar? ¿Cómo se justifica que, en la interdependencia, unos cuantos disfruten de la prosperidad mientras otros, la mayoría, padecen limitaciones y sacrificios?".

Cuando hablé con Reagan y Shultz, les dije que el problema centroamericano está distrayendo su atención sobre una crisis que es mucho más grave, pues afecta a toda América Latina. Creo que están obsesionados con un problema que en el fondo tiene solución y pretenden ignorar, en cambio, el destino de 250 millones de personas. Por ello, me esforcé en hacerles ver la posibilidad dramática de la quiebra económica de Bolivia o Perú.

La fortaleza con que hablé es resultado de la angustia que al respecto percibí en los gobiernos suramericanos. En todos lados hay preocupación por el tema, pero sobre todo en Argentina, que actualmente está presionando lo más que puede, llegando incluso a alardear sobre la suspensión del pago de su deuda.

Respecto a las conversaciones privadas entre Reagan y yo, él sugirió que nosotros nos dedicáramos a hablar sobre Centroamérica y que nuestros colaboradores trataran los asuntos bilaterales. En el Salón Oval hablamos con claridad, en ese tono informal que le gusta a Reagan, en el que él me dice "Migüel" y yo le digo "Ron".

La conclusión fue que él se manifestó dispuesto a sostener un diálogo bilateral entre Estados Unidos y Nicaragua. Cuando llegamos a ese punto, señalé que no pensaba conveniente que entráramos en detalles, que eso lo podría tratar después con Shultz, porque tengo entendido que la clave con Reagan es nunca hablar de detalles, pues no le interesan. Sólo habiendo terminado el tema de Centroamérica pude abordar la problemática latinoamericana.

Al término de nuestra conversación, nos reunimos con nuestros delegados. Shultz estaba tratando el convenio comercial y dijo que se había avanzado mucho en cuanto a la posibilidad de que Estados Unidos otorgara a México la prueba del daño. Al respecto, me informaron que desde el punto de vista del Ejecutivo estaban dispuestos a firmar, pero que había un problema con la industria farmacéutica, lo que seguramente haría que el acuerdo fuera obstaculizado por el Congreso norteamericano. Esto es posible, pues siendo ése un momento crítico en la campaña electoral, cualquier ruidito que puedan hacer los grupos privados pone nerviosos a los colaboradores de Reagan.

Sin embargo, también es posible suponer que hayan hecho ese planteamiento para ver si me podían sacar alguna concesión. Enfrenté tal posibilidad diciendo que era una lástima que no saliera ningún acuerdo de esta visita, pues seguramente el pueblo de México estaba esperando que yo regresara con algo concreto. Aclaré que, pese a ello, no me parecía adecuado que se tratara de aprovechar mi visita para precipitar un arreglo sobre el problema de la industria farmacéutica. Después de que hablé se hizo un gran silencio.

Lo que caracterizó mis conversaciones con los norteamericanos fue la franqueza. Ésta se dio sin rispideces, aunque debo reconocer que sí causó sorpresa.

Posiblemente no esperaban un diálogo tan abierto. El resultado, sin embargo, fue positivo. A Contadora le veo nuevas posibilidades. La idea de suspender sus gestiones preocupó mucho a Shultz y provocó reacciones emotivas en el Senado, particularmente del senador Christopher Doddi, quien enfáticamente pidió que no se interrumpieran. El entendido, como ya señalé, fue que se harán nuevos intentos de pláticas, más a fondo, entre los norteamericanos y los nicaragüenses.

Esto, en el fondo, no es sorprendente, pues para los norteamericanos, desde el punto de vista práctico, es malo que se suspenda la gestión de Contadora, ya que los deja solos con el problema. Además, acabar con Contadora crearía una opinión internacional en su contra, lo que tendría un costo para su prestigio. Mi respuesta consistió en decir que esperaría un plazo razonable.

En cuanto a los convenios financieros, Shultz me dijo que los Estados Unidos deseaban colaborar con México, por lo que aproveché para decirle que yo sentía necesario que empezáramos a hablar de la reestructuración de la deuda relativa al periodo 1984-1988, evitándonos la necesidad de hacer arreglos cada año. Shultz se mostró dispuesto.

El viaje fue exitoso a pesar de que se dio en un clima de gran dificultad y de que, como después me lo reconoció el ex presidente Echeverría, hablé con más claridad frente a los norteamericanos de lo que hasta ahora se había hecho. Sin embargo, hubo un incidente al que se le dio una dimensión desmesurada y que empañó la visión que en México se tuvo de mi viaje: los artículos periodísticos de Jack Anderson, publicados por The Washington Post. En ellos, el autor asevera que, de acuerdo con la costumbre mexicana de que los presidentes se enriquezcan deshonestamente, yo he transferido, según informes de la CIA, cantidades espectaculares de dinero a cuentas en Suiza.

Esta calumnia acaparó la atención del público mexicano. La Secretaría de Gobernación trató de evitarlo induciendo a los periódicos mexicanos a no publicarla durante mi visita. Esta decisión fue ampliamente criticada después, al señalarse que tratar de ocultar el asunto sólo lo magnificó. Es difícil saber lo que hubiera sucedido si Gobernación no interviene, pero yo creo que el efecto hubiera sido todavía peor. En fin, el hecho es que causó un sinnúmero de especulaciones.

La mayoría de los periodistas apuntaron que tal calumnia sólo podía entenderse como parte de una estrategia norteamericana para hacer más vulnerable la voz de México. Lo triste es que en mucha gente sembró la duda sobre mi honestidad, situación por otro lado explicable si uno considera casos notorios de nuestro pasado reciente. Sea como fuere, el daño a mi prestigio fue considerable.

En un desayuno con la directora de The Washington Post, Katharine Graham, le expresé mi malestar por la calumnia de Jack Anderson. Para aclarar mi posición, le dirigí una carta, que publicó.

Además, le pedí a nuestro embajador en los Estados Unidos, Jorge Espinosa de los Reyes, que presentara una protesta diplomática ante el Departamento de Estado, y yo mismo me quejé de esta situación con el presidente Reagan y con el secretario de Estado, George Shultz. Ambos insistieron en que Anderson era un periodista muy desprestigiado, que incluso los agredía a ellos, por lo que no debía dar demasiado peso al asunto. No obstante, les pedí que contestaran la protesta diplomática enviada. El Departamento de Estado lo hizo, pero en forma tibia. Se limitaron a reconocer mis esfuerzos por implantar en México la renovación moral.

El episodio me causó tal malestar que consulté con el Procurador General de Justicia, Sergio García Ramírez, si debía o no demandar judicialmente a Jack Anderson. García Ramírez me contestó que, en su opinión, no debía hacerlo, pues implicaría someterme a la jurisdicción norteamericana.

Mi interpretación del asunto es que algún funcionario norteamericano, que puede ser de tercer o de primer nivel, pensó: "De la Madrid viene en actitud de machito a defender sus tesis sobre Centroamérica; hay que hacerlo entrar en razón".*

La calumnia de Anderson y el tratamiento noticioso que se hizo en México sobre detalles tan intrascendentes como que fue un subsecretario quien me recibió cuando llegué a Estados Unidos, desorientaron a la opinión pública nacional sobre el significado de mi viaje.

Tal vez los equívocos al respecto estén reflejando, en el fondo, el antinorteamericanismo del mexicano. La mayor conciencia sobre los problemas de la deuda externa y de nuestra dependencia de Estados Unidos ha revitalizado tal actitud.

Cuando empecé mi gobierno, no le eché la culpa de lo que ocurría a causas exteriores. Dije que teníamos que resolver nuestros problemas internos para dar respuesta a las dificultades del momento. Sin embargo, durante estos viajes he tenido que poner énfasis en los problemas que nos vienen desde el exterior.

*Posteriormente pude investigar que quien había alentado la calumnia de Jack Anderson había sido Constantin Menges, quien trabajaba en el Consejo de Seguridad de los Estados Unidos y formaba parte del grupo de ultraderecha del gobierno de Reagan. Lo que no pude averiguar es si Menges lo hizo con el conocimiento del presidente Reagan.

Reconocemos circunstancias que están fuera de nuestra capacidad de decisión y que igualmente nos afectan. No tenemos más remedio que ajustarnos a las dificultades que de ellas se derivan, porque no hacerlo redundaría en un mayor daño para nosotros. El reconocimiento de esta situación causa frustración y coraje y es entendido por cada cual según sus intereses particulares. Ello influyó, seguramente, en el peso negativo que en el ambiente del momento creó mi viaje a los Estados Unidos. No queda más alternativa que esperar a que se dejen sentir los resultados positivos del viaje, y sus logros sean apreciados en su justo valor.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.