Día del Trabajo: bombazos contra Palacio Nacional

"MES: MAYO"

EL TRADICIONAL DESFILE DEL DÍA DEL TRABAJO duró más de cinco horas. Marcharon entre un millón y un millón doscientos mil trabajadores. Fue, en términos generales, un desfile ordenado. El movimiento obrero organizado manifestó, de manera respetuosa, su protesta por las repercusiones de la situación económica prevaleciente. No tuvo tono de protesta política; fue una protesta contra la carestía y una demanda de mejoras salariales.

Este desfile no tuvo la violencia física entre los trabajadores que caracterizó al del año pasado, cuando se batieron a palos los maestros, dejando un saldo considerable de lesionados. Ahora el ambiente estaba menos tenso, pues no existía la presión de unas negociaciones salariales en marcha ni la voluntad política de grupos opositores para organizar una acción coordinada de los trabajadores universitarios, los nucleares y la parte disidente del magisterio contra la política económica del gobierno.

A pesar de que no hubo enfrentamiento entre los trabajadores, lo que desgraciadamente caracterizó al desfile fueron los incidentes violentos provocados por pequeños grupos de agitadores, especialmente las dos bombas molotov y la bomba de humo lanzadas contra Palacio Nacional. Una de las bombas incendiarias entró en un balcón donde se encontraban varios invitados, y le provocó quemaduras de alguna envergadura a Alejandro Carrillo Castro, director general del ISSSTE. Las otras bombas se estrellaron contra la fachada del edificio, sin ocasionar daños personales.

Estos hechos fueron provocados por grupos que no excedían las 10 000 personas, dispersos en tres o cuatro lotes. Estaban compuestos por jóvenes de aproximadamente 20 años, pertenecientes a la clase media estudiantil y organizados por la Asamblea Nacional Obrero Campesino Popular, en la que participan el PSUM, el PRT y otros partidos no registrados, que reclutan sus clientelas fundamentalmente en las preparatorias populares.

Estos actos de violencia causaron irritación e indignación entre la mayoría de los trabajadores. Sus líderes inmediatamente manifestaron inconformidad por el hecho de que se les hubiera permitido participar. Señalaron como inaceptable que grupos ajenos a los trabajadores hubiesen utilizado su movilización para dimensionar su presencia, opacando la importancia y el sentido de un desfile masivo de los trabajadores.

Al respecto, cabe reconocer que a mí me consultaron si debía o no permitirse el acceso de dichos grupos al desfile, pues como éste lo organiza el Congreso del Trabajo en coordinación con el gobierno, nos es fácil saber lo que va a ocurrir. Decidí que los dejaran entrar, porque ya sabía que iba a ser un desfile de protesta y no consideré conveniente impedir las expresiones de descontento.

Además, temí que se diera una confrontación violenta en los puntos donde se les cerrara el paso, o bien que se organizara un desfile alternativo. Creí, en fin, que iba a ser un desfile parecido al del año anterior.

Todo hace pensar que para el próximo desfile del primero de mayo tendremos que reconsiderar las medidas de seguridad. Habrá que ver si se le impide el paso a esta gente o si conviene infiltrar dichas fuerzas con grupos policiacos. El peligro está en que esos grupos extremistas podrían provocar la violencia entre los trabajadores, agresiones a quienes se encuentran en Palacio Nacional o bien una reacción excesiva de las fuerzas del orden público.

Fuera de los incidentes mencionados, la protesta de los trabajadores se confinó a la exposición de mantas y a gritos. La mayoría tenía por objeto patentizar las dificultades económicas de la clase trabajadora. Sin embargo, la CTM filtró algunas más agresivas referidas a la inflación, al abuso de los comerciantes o a la ineficiencia en el control de los precios. La protesta subió de tono entre algunos grupos del movimiento obrero, entre los partidos de izquierda y entre ciertas secciones disidentes de la FSTSE, como las de la Secretaría de Agricultura y la Secretaría de Pesca.

Ahora bien, las mantas son mensajes de los líderes. Ellos son quienes las elaboran y quienes deciden lo que tiene que ir inscrito en ellas. Su agresividad responde al temor de los líderes de ser rebasados por sus bases. Por ello, se afanan en presentar ante los trabajadores una posición de vanguardia, aunque sepan que hay situaciones a las que el gobierno no puede responder.

De cualquier forma, las mantas y los gritos sí transmiten un mensaje y constituyen una presión para el Presidente de la República, pues le hacen sentir la fuerza de su protesta. Esto es cierto, aunque sepa que los dirigentes obreros están dispuestos a realizar negociaciones específicas.

Por otro lado, el desfile cumple varias funciones: sirve de desahogo a los trabajadores que manifiestan abiertamente su descontento; permite a los líderes demostrar su capacidad de movilización, y da la oportunidad al gobierno para hacer gala de su respeto a la libertad de expresión.

Finalmente, parece que el desfile libera un sentimiento de sadismo al imponer al Presidente de la República la obligación de presenciarlo durante más de cinco horas y resistir los insultos, por molestos que éstos sean. El desfile significa el costo que el sistema impone al Presidente. Por ello, hay que evitar que cada año sea más largo, aunque cada vez haya más trabajadores. De otra manera, su desarrollo puede ser exponencial.

El estado de ánimo de los trabajadores, como el de muchos otros grupos sociales, es de irritación. Están adoloridos y quisieran que el gobierno resolviera mágicamente los problemas. Se resisten a aceptar la realidad. Sus líderes evaden las discusiones de tipo económico, pues no tienen respuesta ante los argumentos que les damos para explicar nuestras medidas. Ellos quisieran que aumentáramos los salarios sin que ello repercutiera en la inflación. Al carecer de otros argumentos, culpan de la situación a los comerciantes.

Ésa es su lucha; la nuestra consiste en reducir la inflación, pero sin permitir que se agrave la recesión económica. Tenemos que continuar gastando y tenemos que permitir que suban los precios, aunque ello irrite a los trabajadores.

El desfile me dejó con un sentimiento de preocupación, no por la situación del movimiento obrero organizado —que me es conocida—, sino por la impresión que me causó la existencia de grupos encolerizados, dementes, enajenados. Quienes causaron los incidentes violentos en el desfile fueron jóvenes agresivos, en su mayoría, a juzgar por su forma de vestir, de clase media. Había entre ellos una buena rociada de “güeritos” y también de refugiados centroamericanos.

Estos jóvenes tenían una gran organización, como lo demostró su capacidad para infiltrarse y ubicarse donde quisieron. La forma rítmica en que movían los brazos para protestar daba un poco la idea de una tabla gimnástica. Las leyendas y los gritos estaban perfectamente preparados. Su agresividad estaba exaltada pues, según me dicen, antes del desfile se repartieron alcohol y drogas. En cuanto a la bomba que cayó en el balcón, ésta salió de atrás de una manta, lo que hace pensar que estaba bien previsto lo que hicieron.

Estos grupos representan fenómenos patológicos de la sociedad. En toda sociedad hay grupos de esta naturaleza; lo que importa es la capacidad para enfrentarlos y manejarlos. En las circunstancias por las que atravesamos, me preocupa que se conviertan en detonadores de una violencia latente. No cabe duda de que existe el riesgo de que se produzcan movimientos espontáneos de grupos desesperados ante las dificultades del momento, y que surja la necesidad de reprimirlos, lo que puede representar la chispa que prenda un gran fuego.

Por otro lado, la actitud de las fuerzas de seguridad, que tuvieron que resistir la abundante provocación, es de molestia, de coraje y de miedo ante lo ocurrido. Saben que son minoritarias y que si se les pierde el respeto, están perdidas. El hecho de que se insulte al Presidente de la República, hasta llegar a las mentadas de madre, ofende a los líderes obreros y a las fuerzas de seguridad.

Los incidentes violentos no pudieron soslayarse. Como allí estaba toda la prensa nacional, el asunto fue noticia en los periódicos. La reacción inmediata de los partidos políticos fue de repudio a los actos violentos ocurridos durante el desfile. Todos negaron su participación en lo ocurrido, y yo les doy el beneficio de la duda, porque pude ver cómo los líderes estaban tratando de controlar a la gente que se desbocaba. En fin, hay que reconocer que en ese tipo de actos es fácil que haya quienes se salgan de control.

De cualquier forma, nosotros decidimos capitalizar el incidente, sin dejar de ubicarlo en el contexto de una marcha ordenada de nueve millones de trabajadores en toda la República. De hecho, los editoriales de los días siguientes destacaron la cordura del gobierno al resistir la provocación y prepararon el ambiente para que pudiéramos capturar a los culpables.

Por otro lado, al asistir el miércoles 2 de mayo a la inauguración de los trabajos de la XXIII Convención General Ordinaria del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana, y escuchar los discursos de apoyo del secretario general del sindicato, Napoleón Gómez Sada, y del presidente de la Convención Minera, Benito Ortiz, sentí la necesidad de darles una respuesta satisfactoria. Además, para ese momento yo sabía que horas antes los líderes del Congreso del Trabajo, Fidel Velázquez y el capitán Homero Flores, habían presentado en Gobernación una protesta por lo ocurrido el día anterior.

Así que teniendo a Farell a mi izquierda y estando don Fidel a la izquierda de éste, le dije al secretario del Trabajo que yo creía que era necesaria una declaración enérgica contra la violencia. Farell se lo comentó a don Fidel y éste asintió con la cabeza en forma decisiva.

Contesté a las palabras de los líderes obreros señalando que era motivo de orgullo para todos la actuación del movimiento obrero organizado el día anterior. Destaqué que trataron de empañar el desfile grupos minúsculos de agitadores, infortunadamente en su mayoría reclutados entre jóvenes estudiantes, en un marco de maniobras de agitación, en el que reconocemos injerencia extranjera. Mencioné esto porque sé que en la Asamblea Nacional Obrero Campesino Popular participan simpatizantes de los cubanos, de los soviéticos y de otros grupos socialistas.

Yo creo que también hubo algo de parte de los norteamericanos. Esto último puede explicarse si se piensa que a ellos, en cierta medida, les conviene que haya inquietud, que el gobierno se sienta presionado y débil. Un gobierno acosado hace más fácil para ellos negociar desde una posición más favorable a sus intereses. No creo que esto estuviera relacionado con mi próximo viaje a Estados Unidos, sino que es una actitud sistemática, que en mi opinión es un tanto demencial.

Desde tiempo atrás se ha hablado de ligas entre los trotskistas y la CIA. La participación de la CIA en este sentido tendría por objeto dividir a la izquierda, pues en la medida en que los trotskistas capten más simpatías, disminuyen las de grupos más fuertes de izquierda, como lo es entre nosotros el PSUM.

Sentí necesario hacer declaraciones fuertes, porque tengo que cuidar que lo ocurrido el primero de mayo no me desprestigie. No puedo permitir que las fuerzas de seguridad y los trabajadores organizados me pierdan el respeto o me consideren un blandengue. Hablé de la injerencia extranjera para dramatizar el asunto y preparar a la opinión pública por si hubiera necesidad de reprimir a esos grupos de agitadores.

El ambiente está listo para que una chispa lo prenda. El desánimo que parece invadir a tanta gente puede tornarse violento, desesperado. Si logramos evitar esto y empieza a caminar la economía, el desánimo irá pasando. Así que por el momento lo que hay que hacer es evitar la violencia.

Todo esto condujo a que el 5 de mayo fueran aprehendidos los principales activistas de la Preparatoria Popular de Tacuba. El plantel fue tomado por los granaderos al día siguiente. Cuatro días después ya se conocía la identidad de quien había lanzado la bomba.

El 23 de mayo la SEP y la UNAM anunciaron el cierre definitivo de dicho plantel, dando oportunidad a los alumnos con la documentación escolar necesaria de incorporarse a otras escuelas de los sistemas de educación media superior. Todo ello ocurrió sin ninguna protesta social de consideración y más bien con el beneplácito de la mayoría de la población.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.