Viaje a países de América Latina: definiciones políticas y económicas

"MES: MARZO"

El 26 de marzo inicié mi primera gira internacional como Presidente de la República. Fui a cinco países de América Latina: Colombia, Brasil, Argentina, Venezuela y Panamá. El viaje duró 12 días, del 26 de marzo al 7 de abril. Su objetivo general fue estrechar, en todos los órdenes, las ligas de México con América Latina.

En lo particular, me propuse dialogar con los presidentes de las naciones visitadas sobre los principales problemas que confronta el mundo, ante los cuales América Latina debe adoptar una posición. El viaje me permitió pulsar, directamente, la incidencia de esos problemas en la región y comprobar que los latinoamericanos tenemos el talento y la madurez para enfrentarlos con firmeza, serenidad y espíritu constructivo.

La experiencia fue valiosa, en primera instancia, porque me permitió confirmar que México cuenta con un sistema político y de gobierno adecuado a nuestra realidad. Desde el punto de vista político, somos un país más estable y ordenado que los que visité. Ello nos permite tener un gobierno más eficaz. Esto contrasta con lo que vi, pues allá los gobiernos enfrentan disputas permanentes por la autoridad, lo que los hace ser frágiles al tener escasa capacidad para hacer frente a los problemas.

En Colombia existe una estructura bipartidista singular, en tanto que no hay diferencia ideológica entre los partidos. Al apreciar esto, pregunté cómo podía un joven elegir entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, y me contestaron que esto ocurre por razones de tradición familiar o social, pero no por razones ideológicas.

Históricamente el pacto entre ambos partidos, al ser derrocado en 1957 el general Gustavo Rojas Pinilla, dio lugar a una reforma constitucional que determinó que los liberales y los conservadores se alternaran en la Presidencia de la República hasta 1974. Sin embargo, en 1972 se prorrogó la vigencia de la reforma hasta 1982.

El Partido Liberal tiene más afiliados, pero como lo que determina el éxito en las elecciones es la capacidad para ganar el voto no partidista, los triunfos se dan con márgenes estrechos. Ello hace que ambos partidos tengan una fuerza política muy grande. Reflejo de ello es la necesidad que tuvo el gobierno actual de repartir los puestos de gabinete entre los dos partidos.

Por otro lado, los ex presidentes conservan gran fuerza; participan en las discusiones de importancia y se requiere su consenso en la toma de decisiones importantes. El ejército también tiene una gran presencia política de trasfondo. El general Carlos Bermúdez, jefe de mi Estado Mayor, platicó con algunos de los generales colombianos, quienes le dijeron que ellos son los árbitros de la lucha política. Así que, pese a que Colombia tiene en Belisario Betancur un Presidente hábil y valeroso, con encanto personal, popularidad y una clara concepción de lo que está haciendo, tiene también problemas importantes en el núcleo del poder.

Brasil está en transición hacia una democracia franca. Los militares tomaron el poder en 1964, y con ello se inició una etapa en la que se gobernó con autoritarismo y represión. Lentamente los militares empezaron a abrirse y ahora existe en Brasil vida en los partidos políticos, discusión parlamentaria y una prensa libre. Se acepta la crítica y no se restringe la cultura en la televisión o en otros medios de comunicación. Sin embargo, permea la sensación de que los militares ya están desgastados. Ellos mismos lo saben y están dispuestos a retirarse, a condición de entregar el poder a un gobierno que no sea ni comunista ni populista.

Lo grave del momento es que el gobierno de Figueiredo da la impresión de que ya no tiene voluntad de gobernar, de que se encuentra de salida y sólo le preocupa evitar que se instale un gobierno opositor que juzgue con dureza la etapa del gobierno militar. Por ello, ante la exigencia popular de que se reforme la Constitución para permitir el voto directo en las elecciones presidenciales, en lugar del actual voto indirecto por medio del Poder Legislativo, Figueiredo sostiene que tal cambio no debe darse en las próximas elecciones, sino en las subsecuentes.

Ésta es la gran discusión del momento, como pude apreciar en mis pláticas con intelectuales, partidos políticos y empresarios. La mayoría de la población quiere que las elecciones sean directas. Así lo demuestran las manifestaciones del 10 de abril en Río de Janeiro, con un millón de asistentes, y la de São Paulo el día 16 del mismo mes, a la que asistieron dos millones de manifestantes. Pregunté a miembros de la oposición qué pasaría si el gobierno no cedía. Me dijeron que por el momento están presionando lo más posible, pero que en ese caso, necesariamente llegarían a una transacción.

El líder del Partido Movimiento Democrático Brasileño, Ulisses Guimarães, que ya es un hombre de bastante edad, me preguntó sobre la impresión que me causaba Brasil en esta transición. Le dije que sentía que la efervescencia política opacaba los problemas de la crisis económica, y aproveché para preguntarle qué pensaban hacer para enfrentar ese problema. Me explicó que para tomar las medidas radicales que la crisis requiere, se necesitaba que el gobierno estuviera legitimado por el voto popular; de ahí la importancia del proceso electoral.

El señor Guimarães señaló que el actual gobierno está desgastado, debilitado, como lo demuestra la dimensión del juego político en la calle, en el Congreso o en la prensa. Me insistió mucho en que si el próximo gobierno no tiene la fuerza y la legitimidad necesarias, será inestable y difícilmente podrá resolver los grandes problemas económicos del momento.

En Argentina existe una gran esperanza democrática con el presidente Raúl Alfonsín. El pueblo está respirando oxígeno. La República está siendo reestructurada: funcionan el Congreso y las instituciones, se lucha contra la represión y se castiga a los culpables. La prensa es libre. En fin, se siente en el ambiente que los argentinos están ilusionados en el terreno político.

Sin embargo, en lo que refiere a la crisis económica, el gobierno argentino no sólo carece de una tesis clara, sino que propone un manejo utópico de la economía. Los argentinos creen que con la democracia se arreglará todo. Pretenden bajar la inflación de 400 a 200% y reducir el déficit público de 16 a 8%. Al mismo tiempo, quieren un crecimiento económico de 5% y un aumento de los salarios reales de 7%. Estas cifras, como es evidente, no casan.

Pregunté a Alfonsín cómo pensaba lograr sus metas económicas, y me respondió que reanimando al sector agropecuario con innovaciones tecnológicas y poniendo a trabajar la capacidad industrial ociosa. Por otro lado, su gobierno espera una gran renegociación de la deuda externa. Para ello, está dispuesto a reducir el gasto militar y a racionalizar la burocracia. Sin embargo, todavía no tiene un plan específico.

A Alfonsín le falta conciencia de los problemas económicos, lo que puede ser muy grave, dado el peso básico que la economía tiene en cualquier esquema político o administrativo. Además, el actual gobierno no tiene experiencia administrativa, pues desde 1966, año en que fue derrocado el gobierno de Arturo Illia, han gobernado los militares o los peronistas. Estos últimos, organizados en el Partido Justicialista, representan un problema serio para el actual gobierno, pues tienen fuerza en el Senado, cuentan con varias gubernaturas y concejos municipales y, sobre todo, dirigen al movimiento obrero, que en Argentina tiene un liderato viejo y corrupto.

Alfonsín se ha propuesto la lucha contra los peronistas al tiempo que realiza una depuración militar audaz. En este momento, los argentinos tienen a tres ex presidentes en la cárcel y jubilaron de un solo golpe a 30 oficiales de alto rango. Por su parte, la comunidad empresarial está en contra del gobierno, porque no ve un programa económico claro que pueda sacarlos adelante.

De manera que el gobierno de Alfonsín es un gobierno frágil, cuestionado por las fuerzas políticas y con metas económicas contradictorias.

Venezuela es un país más estructurado, con un sistema realmente bipartidista, en el que los partidos políticos sí tienen diferencias ideológicas. Por un lado está el Partido Acción Democrática, de orientación socialdemócrata, y por el otro se encuentra el Partido Social Cristiano, fundado ideológicamente en la democracia cristiana. El primero acaba de suceder en el poder al segundo, y es muy crítico de lo que éste hizo. La fuerza de los partidos es análoga, y por ello se da en el Congreso una discusión política de grandes dimensiones.

El presidente Jaime Lusinchi parece un hombre sensato, sereno, poco demagógico, que tiene ideas claras de por dónde van las cosas. En fin, creo que será un gobernante responsable y serio.

Panamá es un caso peculiar. Mi visita tuvo lugar cuando el presidente Jorge Illueca tenía apenas dos meses en el poder, al que llegó como resultado de la renuncia, forzada por los militares, de Ricardo de la Espriella, quien según dicen andaba coqueteando con la oposición.

Además, cuando llegué, faltaba sólo un mes para la elección presidencial. El candidato oficial del grupo Torrijos era Nicolás Ardito Barletta, y su opositor el ex presidente Arnulfo Arias, de 83 años, quien en las tres ocasiones en que ocupó la Presidencia fue derrocado por los militares. Arias representa a la derecha fascista y es enemigo de los militares, a quienes acusa de corruptos. La estimación que en ese momento se hacía era que los militares no permitirían el triunfo de Arias.

La fuerza de los militares en Panamá puede ejemplificarse con una anécdota. Al llegar a Panamá, el presidente Illueca me preguntó cómo quería que organizáramos las pláticas. Le sugerí que él y yo conversáramos en privado durante media hora, al cabo de la cual podríamos invitar a participar a nuestros cancilleres. Sugerí que al concluir esa segunda plática, se incorporaran los miembros de mi comitiva y los funcionarios panameños que él propusiera.

Cuando llegamos al Palacio de Gobierno, Illueca y yo nos dirigimos al despacho presidencial, y cuando íbamos a iniciar nuestro diálogo, entró el coronel Manuel Antonio Noriega, jefe de las fuerzas armadas, acompañado de otro coronel. Se sentaron sin ningún preámbulo, dispuestos a participar en la plática. Dada esa circunstancia, hubo que hacer pasar a los cancilleres.

La presencia de estos coroneles, que se meten al despacho presidencial sin pedir autorización, es tan grande que cuando yo hablaba, sentía la necesidad de dirigirme no sólo al Presidente de la República, sino también a ellos. Los volteaba a ver, pues ellos intervenían en la plática sin que el Presidente se lo autorizara.

En realidad, ya conocía a los militares, pues acompañaron a De la Espriella al visitarme cuando yo tenía la calidad de Presidente electo. Son simpáticos, y de hecho se organizó una plática agradable. De cualquier forma, la falta de respeto a la figura presidencial y de disciplina demuestran quiénes mandan y, por ende, la inestabilidad del gobierno panameño.

Este viaje me permitió confirmar que en países como los nuestros, en los que la sociedad no está suficientemente articulada, se necesitan gobiernos fuertes. De no ser así, la sociedad se desbalaga ante una disputa permanente por el poder.

Aquí en México tenemos, en lo político, una democracia sui géneris, con lacras, sin tanto lucimiento, con problemas en las elecciones, pero efectiva. Nuestro sistema de gobierno realmente toma en cuenta las posiciones de los diversos sectores de la sociedad, y con ello logra un manejo efectivo del poder.

Esto se debe a la fuerza del presidencialismo y a la enorme disciplina política existente, la cual se funda en el hecho de que la sociedad civil está entretejida con el gobierno y participa en él. Los obreros, por ejemplo, son parte del PRI, lo que los entrelaza y comunica con el núcleo del poder. Esta comunicación es real y propicia que las fuerzas sociales se involucren en los procesos de toma de decisión. Por lo mismo, también es real su apoyo al gobierno.

En otro terreno, cabe afirmar que en México tenemos una organización tecnocrática y administrativa muy superior a la que observé en los países visitados. Aquí los servidores públicos tienen experiencia, pues pese a los cambios presidenciales, hay continuidad para ellos. En este ámbito, sólo Brasil es comparable.

Como gobernante, encuentro que la disciplina política y la tradición presidencialista, que reconoce en el Presidente al árbitro supremo, permiten un gobierno más efectivo. Sin embargo, también estoy consciente de los riesgos de un presidencialismo excesivo, que pueda ser neurótico o caprichoso. Por ello creo que, sin amarrarle las manos al Presidente, debemos promover la división de poderes, el fortalecimiento del federalismo y el respeto a la libre expresión.

En conclusión, el viaje me permitió reafirmar la validez de nuestro sistema político y la necesidad de buscar que se desarrolle al máximo de sus posibilidades, sin descuidar por ello los mecanismos y prácticas de estabilidad y disciplina.

En otro orden de cosas, cabe reconocer que la postura de los Estados Unidos es un factor de permanente consideración. Lo fue respecto a mi viaje a América Latina. Cuidé, por tanto, que mi actuación no entrara en conflicto con los intereses norteamericanos, aunque no por ello dejé de señalar los problemas de naturaleza económica que nos aquejan y que están estrechamente relacionados con su política económica, o bien nuestra postura ante el conflicto centroamericano, en el que también tenemos desacuerdos esenciales.

Sin embargo, traté de no agravar las fricciones entre las dos naciones. De hecho, el gobierno norteamericano vio favorablemente nuestra participación en la organización del préstamo que, el 30 de marzo, varios países latinoamericanos hicimos a Argentina para que pudiera cumplir con las obligaciones del servicio de su deuda y continuara sus negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

Esta acción tuvo más rechazo entre los mismos mexicanos, pues aquí resultó sorprendente que nuestro país, que tiene dificultades para pagar su propia deuda, prestara dinero a otro país. Pero hay que resignarse a que no es posible esperar que todos los problemas sean entendidos por toda la gente. Hay temas, como los mecanismos del mundo financiero internacional, que resultan inaccesibles para muchos.

Por otro lado, la actitud de nuestros partidos de izquierda está sesgada por su deseo de acabar con el Fondo Monetario Internacional. Ellos quisieran que cayera el templo, matando por igual a Sansón y a los filisteos.

Creo que Estados Unidos no sólo no resintió mi viaje, sino que, por el contrario, éste fortaleció nuestra posición frente a ellos. De hecho, puso en evidencia nuestra voluntad de lograr el acercamiento necesario entre los países de la región, a fin de conformar una verdadera política latinoamericana.

La afinidad cultural e histórica entre las naciones iberoamericanas se revitaliza al reconocer que en estos momentos todos padecemos una profunda crisis económica, la cual nos obliga a enfrentar problemas similares. En estas circunstancias, es claro que el acercamiento entre los países de América Latina nos puede ayudar a analizar conjuntamente nuestros problemas, a buscar soluciones de cooperación mutua y a asumir posiciones conjuntas en el diálogo internacional.

Respecto al conflicto centroamericano, el consenso en torno a la posición del Grupo Contadora es total. Por ello, el tema sobre el que sentí mayor inquietud fue el económico, particularmente el relativo al crítico problema de la deuda externa que, con diferentes grados de agudeza, nos agobia a todos.

No es posible pretender arreglar el problema del endeudamiento externo de todos los países latinoamericanos con una sola fórmula. Me he opuesto al concepto de bloques de deudores para negociar colectivamente con los acreedores, porque el sistema financiero internacional no está acostumbrado a considerar los problemas con este enfoque global. Forzar ese camino no daría resultados pragmáticos positivos.

Sin embargo, creo que es válido y deseable el acercamiento de los países latinoamericanos para cambiar impresiones sobre su situación, para llegar a tesis y criterios concretos, y para asumir ciertas posiciones coordinadas de negociación global ante la economía internacional. Esta meta constituyó uno de los motivos centrales de mi viaje.

Concretamente, en el viaje confirmé que el sentir de las naciones visitadas respecto a la deuda externa es similar al nuestro. Ubican este problema como un asunto de la mayor importancia, tanto para los países deudores como para los acreedores. Todos sostenemos que no se puede desligar el aspecto netamente financiero de la deuda, de su conexión con otros aspectos de la relación económica internacional, particularmente de las relaciones comerciales.

Así, los problemas de la deuda externa de los países en proceso de desarrollo no se resolverán solamente con fórmulas financieras. Será necesario dotar a los países deudores de capacidad de pago para hacer frente a sus obligaciones. Ello implica que los países subdesarrollados necesitan mayores posibilidades de exportación, que equilibren sus balanzas de pagos y que les generen remanentes para hacer frente al servicio de su deuda. Claro está, también desde el punto de vista financiero habrá que buscar la reestructuración de la deuda, sobre todo por lo que toca a plazos, pero también a costos.

El problema de la deuda es encontrar fórmulas para que se pueda pagar, en beneficio de acreedores y de deudores, y para que no alcance niveles que ahoguen las posibilidades de crecimiento de los países o que interrumpan los flujos del comercio mundial.

Por ello, la gira que realicé por cinco países latinoamericanos fortaleció mi convicción de que, en la medida en que los países de América Latina seamos capaces de formular planeamientos sistemáticos, objetivos y viables, se facilitará nuestro diálogo con los países industrializados. Yo creo que ya llegó el momento de adoptar una actitud pragmática y a la vez ambiciosa. Creo que debemos rebasar la etapa del debate y de las declaraciones generales, y que debemos encontrar fórmulas específicas, aunque sean graduales, para lograr los objetivos de un reordenamiento de la economía mundial que sea más favorable para los países en desarrollo.

 
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